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Sinopsis de La Batalla de las Termópilas
Enviado por Donanfer
Publicado el 2011-07-19 22:14:11
Libro La Batalla de las Termópilas

Durante la Segunda Guerra Médica tuvo lugar un heroico enfrentamiento (uno más entre los muchos que se llevaron a cabo en aquellos tiempos) en un angosta cañada ubicada en la confluencia de varias pequeñas naciones griegas. Este débil desfildero comunicaba vinculaba el norte de Grecia (en aquellos tiempos Tesalia era el limite del mundo heleno) con el resto del territorio ocupado por los griegos. En su derrotero, el ejército invasor persa, que tenìa por objetivo llegar a Atenas y Esparta, debía surcar forzosamente aquella minúscula lengua de tierra. El consejo militar congregado por los griegos libres había tomado la decisiòn de defenderse más al norte, en los pasos del Tempe (Entre Tesalia y Macedonia), pero al final, se optò por elegir el paso de Termòpilas como mejor posibilidad y mejor lugar para defenderse. Elegir ea decisión concedía a los tesalios a la alianza persa; abandonados por el resto de los griegos se rendirían al invasor, pero al menos sí que era este el lugar mejor dispuesto para llevar adelante la estrategia de contención que habían decidido practicar contra a las innumerables huestes atacantes. El Paso de las Termópilas era un extenso y angosto corredor. Delimitado a un lado por las montañas y a otro por el mar, se calcula que llegaba a medir, en su parte mas angosta, unos 15 metros de extensión. Hasta ese momento ninguno de los contendientes conocía una ruta alternativa ni cercana ni lejana por la que eludir aquel lugar de paso, así que sin duda era aquel el punto en el que los griegos detendrían a los persas. Una posición en la que de nada serviría la aplastante superioridad numérica del adversario.Sin embargo, el plan tenía un punto débil, el mar. Al tiempo que los griegos se fortificaban en las Termópilas, la flota estaba obligada a clavar también en el lugar a la ingente flota que acompañaba el avance del ejercito persa.Aunque los invasores no hubiesen podido expugnar el desfiladero defendido por los griegos, tarde o temprano la flota aliada tendría que haberse retirado ante las perdidas que día a día sufría en los combates navales. De todas formas, los dos días que resistieron los griegos en las Termópilas representaron un durìsimo golpe moral para las desiguales falanges dirigidas en persona por el rey Jerjes. Resueltos los griegos a paralizar el avance de Jerjes por tierra y mar, se hicieron fuertes en el lugar previsto: el Paso de las Termópilas. Allí, un total de diez mil griegos se prepararon a hacerle frente al adversario. Simultáneamente la escuadra, y posicionada al norte de Eubea, enfrentarìa a la nutrida flota enemiga. Despuès de algùn tiempo, al hacerse presente el majestuoso ejército del Gran Rey, los griegos empezaron a vacilar. Los provenientes del Peloponeso empezaron a preguntarse si no era preferible retroceder hasta el Istmo de Corinto, en donde podrían escudarse en masa haciendo valer todos sus recursos humanos. Había llegado el momento de luchar, no habría más vueltas atràs ni escapadas. Cuando Jerjes llegó ante el desfiladero, supo la posición sus enemigos. Un explorador a caballo avanzó entonces hasta el Paso procurando detalles respecto de los hombres que lo defendían. Los griegos se hallaban preparados en el interior del desfiladero; habían reconstruido deprisa y corriendo un antiguo muro que lo cerraba; allí se defenderían haciendo frente al invasor. El jinete persa se aproximo todo lo que pudo con el propósito de observar a los defensores del lugar y de forjarse una idea clara del número de los mismos. En aquel momento los espartanos se lavaban y peinaban junto a la orilla, cosa que registró sorprendido el persa, también pudo formarse una imagen justa del nùmero de las fuerzas griegas, y con todo esos datos regresò al campamento que los invasores habían levantado más allá de la salida del Paso de las Termópilas. La descripción del tan poco heterodoxo procedimiento de los famosos espartanos y del insignificante número de las fuerzas totales reunidas por los griegos causo en el Rey una desmesurada confianza. Un esforzado grupo de hombres marchó entonces hacia el acceso del desfiladero. Y así, lo que parecía un simple trámite, pasò a ser una autentica disgusto para los asaltantes: la carga máxima de la infantería atacante se arrojó contra las primeras líneas de hoplitas que se protegían tras el muro focidio (los restos reforzados de la antigua construcción defensiva). Desde la mañana temprano y hasta la noche, algun vez en masa y otras veces en grupos de apenas un puñado de hombres, los valientes medos embestían hasta caer masacrados por los tenaces defensores. El armamento de los asiáticos -lanzas cortas y escudos de mimbre, además de un arco y un puñal- era completamente insuficiente en la lucha cuerpo a cuerpo contra las largas lanzas y los escudos de bronce que llevaban los griegos. Las alineaciones dispuet<zas como columnas cerradas que los helenos contraponìan a los asaltantes se exponían de esta forma absolutamente imposible de atravesar A esta altura de los acontecimientos y profundamente contrariado, Jerjes,(mientras prestaba atención detenidamente la lucha desde su posición, decidió avanzar con sus inmortales. Solo podía permitirse el èxito, mas aùn a la vista de sus colosales y heterogéneas huestes. El ataque, pues, de sus mejores soldados era la mejor opción que podía arrogarse en ese momento. Ya en plena lucha, los inmortales que advirtieron con impotencia como sus lanzas eran más ineficaces que las de sus enemigos, sobrellevaron nuevamente fuertes pérdidas en el combate contra los hoplitas. Los espartanos llevaron a la pràctica repetidamente la táctica de replegarse, fingiendo una huida, para luego volverse sobre sus pasos y, rehaciendo inmediatamente la formación, contraatacar a sus desordenados perseguidores; treta en la que estos caían continuamente y que les ocasionaba un importantìsimo numero de bajas a soldados, por otra parte, que reiniciaban valientemente el ataque una y otra vez. Al concluir el día, y aun cuando las pérdidas griegas habían sido sensibles, la hecatombe de las tropas persas era innegable . Fue en algun momento de esa primera noche, después de una larga jornada de lucha, cuando Leónidas tuvo información de que existía un camino de montaña que podía ser utilizado por los persas para cercarle. Al lugar fueron enviados los hoplitas focidios, mil hombres, con el propósito de guarnecer el paso, aunque con la última ilusión de que el enemigo ignoràse su existencia.Al siguiente día, en cuanto las primeras luces permitieron la prosecución de la lucha, Jerjes dispuso un nuevo embate a la posición enemiga reuniendo para ello a los mejores hombres de cada nacionalidad. Tenía la esperanza de que los macilentos griegos, consumidos ya por tanto luchar, no soportarían un ataque como el precedente, pero se equivocó. Allí estaban de nuevo las cerradas filas de hoplitas esperando la acometida persa. Durante un nuevo día oleadas de feroces atacantes se estrellaron dramáticamente contra la cerrada formación de los griegos.Jerjes había amenazado a sus guerreros que de fracasar no tendrían lugar al que retirarse. Cuando los derrotados atacantes volvieron sobre sus pasos recibieron una lluvia de proyectiles de parte de las formaciones persas que se desplegaban fuera del desfiladero. Detenidos así en seco, los asiáticos no tuvieron más remedio que regresar e intentar batir de nuevo a los griegos, cosa que, evidentemente, no lograron.Fue tal el ímpetu de unos y otros que los espartanos que combatían en primera fila no dejaron que sus compañeros o aliados les relevasen del puesto como era habitual en este tipo de largos enfrentamientos cuerpo a cuerpo.Después de dos días de lucha continuada el inmenso ejército de Jerjes no había avanzado ni un solo metro. La situación no podía ser más desconcertante para el orgulloso monarca cuando el destino vino a entregarle en bandeja la victoria. La tarde del segundo día del ataque, un lugareño indicó al mismo Jerjes que existía un paso entre las montañas (la llamada senda Anopea) que podía ser utilizado para llegar al otro lado de las posiciones que los griegos ocupaban en el desfiladero. Sin pérdida de tiempo el rey ordenó al persa Hidarnes, a la sazón al frente de los Inmortales, tomar aquella ruta con sus hombres para, al amanecer, confluir desde todos los lados a la vez sobre los defensores griegos.Cuando los focenses que defendían el paso se vieron aquella noche desbordados por una auténtica marea de persas, se replegaron confundidos hasta lo alto de una colina cercana aunque no sin enviar a la retaguardia en las Termópilas un emisario con la terrible noticia. En principio trataban los focenses de ganar tiempo atrincherándose en una posición fuerte, pero en realidad lo que hicieron fue dejar involuntariamente el camino libre a los persas que, sin dudarlo un momento, les dejaron inteligentemente de lado y prosiguieron con su avance en dirección al desfiladero.Las nuevas del avance del persa por las montañas llegaron pronto a Leónidas. Reunidos los líderes griegos a la luz de las antorchas, resolvieron que toda resistencia era inútil y que la posición debía ser evacuada en ese mismo instante, aprovechando la oscuridad. Y eso fue lo que hizo la mayoría: todos menos los espartanos. Leónidas consideró que su deber y el prestigio de su patria le obligaban a mantenerse defendiendo la posición hasta el final. Su decisión fue imitada por los tespieos y los voluntarios tebanos , en total, y como mucho, unos do mil soldados. Durante aquella difícil noche, y mientras las ultimas columnas de los griegos en retirada se perdían en dirección al sur, alguien propuso a Leónidas el pasar al ataque..Por qué no aprovechar la oscuridad y la segura confianza con la que los persas acampaban más allá del desfiladero para penetrar súbitamente en sus posiciones, buscar la tienda del rey (a buen seguro fácilmente localizable) tomarla al paso y acabar con su vida? Muerto el Gran Rey ,su ejército terminarìa desintegràndose definitivamente sin remedio. Leónidas no dudo mucho. Había todavía tiempo para realizar aquella hazaña ; Hidarnes y sus tropas seguramente no llegarían desde las montañas hasta el amanecer. Era sin duda el mejor plan posible y, también, osado y de resultar todo bien, la gloria estarìa esperàndolo . Emergiendo del desfiladero, el rey espartano ordenó el avance sobre el campamento del enemigo. Este desesperado contraataque y, sobre todo, la intención final del espartano, que era llegar hasta la misma tienda del rey para acabar con él . Era lo último que podían esperar los persas . En formación cerrada los griegos invadieron el inmenso campamento persa. El combate cuerpo a cuerpo se multiplicò por doquier y a travès de sus arrestos briosos los espartanos llegaron hasta la misma tienda de Jerjes: la tienda se hallaba vacía. Momentos antes el Gran Rey había sido prudencialmente alejado del lugar.Mientras la noche envolvía el campo, el combate se convirtió en una aterradora matanza para los persas y sus aliados. En la confusión unos a otros, aliados con aliados se despedazaban recíprocamente sin saber bien lo que ocurría ni el numero de enemigos contra quiene s luchaban..Finalmente con las primeras luces del día los persas pudieron hacerse una idea cabal de lo que sucedía y del número de los griegos infiltrados. La resistencia no se hizo esperar. .Desbordados por todos los lados posible y ante la colosal supremacía numérica del enemigo los griegos fueron mansamente aniquilados, cayendo buena parte de ellos en la lucha; Leónidas sucumbió allí mismo, y sobre su cadáver se intensificó el combate, enardeciendo la lucha. qPor fin, lka noticia de que el persa Hidarnes convergía ya al otro lado del desfiladero provocó la huida aunque ordenada de los últimos supervivientes; grupos de tespieos y espartanos que codo con codo se replegaron de nuevo sobre las Termópilas, pues sus otros aliados, los tebanos, eligieron claudicar y entregarse resignadamente allí mismo a los persas. En una especie de tarima existente poco más allá de las posiciones del muro focidio, los griegos se amontonaron juntando sus escudos en una pueril tentativa de protegerse de la andanada de flechas que los iracundos persas lanzaron desde todas direcciones posibles sobre ellos. Sin cruzar ya las espadas, los últimos griegos de las Termópilas cayeron en la lucha. Entre tanto, en Artemisia. No tan lejos de allì, , las noticias de que las Termópilas habían sido invadidas y ocupadas, llevò necesariamente a una rápida retirada de la exigüe flota griega que cerraba en aquel lugar el paso a la armada persa . Al replegarse la flota griega alcanzó el fondeadero de Salamina, frente a la misma Atenas. Asi, las puertas de Grecia quedaban franqueadas al invasor. De todo el contingente espartano solo dos hombres perduraron a la derrota. Los dos, despachados a Esparta poco antes por el rey para comunicar de sus últimas resoluciones, fueron acogidos en su patria y considerados como cobardes. Si bien en realidad no tenían ninguna culpa, sufrieron inicuamente el rencor de sus compatriotas, y hasta tal punto fue así que uno de ellos decidió suicidarse El otro en su afàn de revalorizarse asi mìsmo y ante sus conciudadanos, lucho en la batalla de Platea, en donde encontró la muerte. . Era frecuente entre los griegos escoger, tras la batalla, al combatiente mas valiente en la lucha. En Platea, a decir de los testigos, fue este joven el más arrojado de entre todos los espartanos, aunque también dijeron que busco claramente la muerte en el combate, lo que desautorizaba su virtud. El último de las Termópilas se derrumbaba así frente al enemigo aunque esta vez su sacrificio no fue en vano, pues los persas fueron rendidos en aquel lugar de una manera incondicional y concluyente .





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